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MLB: Adrián González fue mascota no oficial de los Mayos

Por Jorge Aranguré
ESPN The Magazine


En mis recuerdos de infancia, David González -- antebrazos fornidos con pelo grueso y cejas bien tupidas -- era el hombre mexicano más grande que yo hubiera visto.

David, al igual que mi padre, era un hombre de béisbol, lo que significa que había jugado toda su vida de joven y luego tuvo problemas para alejarse del juego a medida que fue creciendo. Ya en sus cuarenta, David, una ex estrella en muchos equipos nacionales en México, continuó jugando al béisbol, pero se hizo evidente que no podría seguir jugando mucho tiempo más. Aún era grandote, pero su cuerpo había envejecido.

Cuando eventualmente dejó de jugar, David hizo lo que cualquier buen hombre de béisbol hace, se convirtió en manager, primero para un equipo masculino de liga en Tijuana y luego para un grupo de niños, de entre 8 y 9 años de edad. Yo formé parte de este equipo, y nos hacíamos llamar los Mayos, el nombre de una tribu inda en México, apropiado ya que éramos un grupo de muchachos del borde de México y Estados Unidos. En México, donde jugábamos, éramos demasiado americanos. En América, donde vivíamos, éramos demasiado mexicanos. Pero encontramos nuestra identidad por David. Orgullosamente éramos los Mayos vestidos en uniforme gris, azul y naranja, y castigábamos a todos en el diamante, eventualmente ganando el campeonato.

David me puso como el segunda base del equipo, junto a su hijo, David Jr, en la posición de campocorto. Las pseudo mascotas del equipo eran los dos hijos más chicos de David: Edgar, un muchacho malcriado que solía llorar cuando no conseguía lo que quería, y el más joven del clan, Adrián, un muchacho callado, que siempre se retiraba del juego en las entradas iniciales para lanzar una pelota o batear con sus amigos.

Ese muchachito terminaría jugando mucho mejor que nosotros.

Los Mayos tenían sueños de ligas mayores. Cada uno de nosotros quería ser la primera superestrella mexicana de los Padres de San Diego, bateando como Tony Gwynn y hablando como Fernando Valenzuela. Y aunque ninguno de mis compañeros de los Mayos llegó a las ligas mayores, de todas maneras sentíamos aprecio por David, cuya generosidad nunca será olvidada.

Hoy, mi padre y David suelen tomar el desayuno juntos, en un comedor al sur de San Diego, a minutos de la frontera. Hablan de negocios, pero últimamente, la conversación siempre se reduce a la familia. Fue de estas conversaciones que me enteré que Adrián resultó ser un buen jugador de béisbol.

A comienzos del 2000, mi padre me llamó para decirme que Adrián podría ser drafteado. Ese año fue seleccionado número uno en el sorteo por los Marlins de Florida.

Como reportero de béisbol del Washington Post, me crucé con Adrián hace cinco años en Camden Yards, mientras él estaba con los Vigilantes. Hablamos brevemente. Lamentó su falta de tiempo de juego y quería tener la oportunidad de jugar en otra parte. Luego se terminó la conversación. Adrián siempre fue un muchacho callado, vergonzoso y no muy amigo de las conversaciones largas.

Un par de meses después de esa conversación, me enteré que Adrián había sido intercambiado a los Padres de San Diego. Inmediatamente llamé a mi padre por teléfono, quien luego llamó a David. Los dos viejos amigos estaban extasiados con la noticia. Adrián venía a casa.

Yo también sentí un cierto orgullo. Finalmente, uno de los viejos Mayos -- la mascota --cumpliría su gran sueño.
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